Larvas de Otoño [Misión B con Racso]

"... no les vi llegar. Solo hubo polvo y ruido, horror y perdición."

El País de las Aves, apodado así por las alturas de sus asentamientos y los constantes riscos que se encuentran entre su territorio, está ubicado entre el País del Viento y el País de las Montañas. Es una zona montañosa que a pesar de sus grandes altitudes posee una relativamente amplia flora, dando la sensación de ser un jardín en los cielos. Sus habitantes, principalmente los de su capital Gake Tengoku (Risco Celestial), son conocidos por tener gran resistencia a la presión del aire, ya que pasan toda su vida en las alturas desde su nacimiento. Este país recibe su nombre por las diferentes especies avícolas que se encuentran en él y la gran altura que su territorio presenta, haciendo sentir a sus habitantes como aves en el viento. Su principal herramienta de comercio es la venta de exóticas especies avícolas, entrenadas para diferentes usos, entre los que podemos encontrar aves de caza, de rastreo, mensajeras, entre otros. Se dice que dentro del territorio habitan, además, una particular especie de águilas enormes, pero no se han visto desde la época de la creación, el mito que dio lugar al moldeado de estos terrenos.
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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


Un siseo abotargado de serpiente le confirmó la presencia de Racso, precisamente en el lugar donde menos le habría gustado encontrarlo: justo donde guardaba su mercancía. Frunció el ceño de inmediato, se el agrió el gesto y de no haber estado sorteando viandantes con las riendas en la mano habría ido en su búsqueda sin perder un momento.
Su contestación sin embargo nosupo calificarla del todo, pero por mucho que aquello lo distrajera Eijiro parecía lejos de olvidar la situación y el peligro pulsante que corrían sus ganancias con ese chico valiendose de su carro como madriguera.

— ¿Mansiones? ¿Donde demonios las estas viendo? — Eijiro asió las riendas a un lado, provocando que Kirin bufase por el esfuerzo al tiempo que evitaba una nueva marabunta de refugiados desorientados. Estaba acostumbrado a las masas de gentío, pero aun así Eijiro siempre las había destestado de una forma innata e inefable. Se permitió entonces alzar la vista tan solo para vislumbrar algunas viviendas más altas que el resto. Apenas chabolas con ínfulas, de madera gruesa y poco trabajada comprada a una maderera incontante con vagabundos por jornaleros. Eijiro entornó la mirada, embargago de una suspicacia que revoloteaba sobre su nuca. — ¿Dices esas mierdas? — Con incredulidad Eijiro se debatía entre pensar que aquello era algún sarcasmo mal enunciado o sencillamente una contestación a su anterior desmán hacia los refugiados. Demasiado indiferente como para preocuparse en hallar una respuesta correcta se limitó a encogerse de hombros, despreocupado. — Chico, sin ánimo de ofender, pero si eso te parece una mansión debes de vivir bajo un par de hojas de palmera. — Sonrió con amplitud, riendose de su propio chiste justo antes de tornar el gesto en una mueca de enfado. — ¡Y vente aquí, a mi lado! Nada de tonterías con mi mercancía ¿Eh? — Acababa de recordar que aún seguía ahí atrás. Ignoró unos instantes su insistencia por conocer todos los detalles, algo a lo que Eijiro correspondió con un silencio que mal disimilaba al estar pendiente de unas cosas y otras. Chasqueó al lengua al comprobar el precio de la sal de montaña y de un olisqueo supo que la carne de un par de puestos mas allá no estaba en su punto. — Mal grano. — Murmuraba, demasiado absorto en sus propios asuntos.

No fue hasta unos metros mas allá que decidió ofrecerle algo sobre lo que sostenerse. Una limosna, un incentivo: cualquier cosa que calmara un poco al chico.

— A ver... ¿Como te llamabas? Bueno, Chico, me vale con eso por ahora. — Disminuyó la velocidad al acercarse a una intersección que aún quedaba a unos metros. Un coágulo de muchedumbre se concentraba entre el carro y el resto del sendero. Esta vez eran viandantes, vestidos con túnicas de lino y diversos adornos, algunos comerciantes de lo más pintorescos. Vestían de vivos colores y con una ostentación llena de propósito parecian desentonar del resto. Todos ellos formaban una cacofonía de orígenes, circunstancias y destinos. Refugiados, artesanos, granjeros con el rostro contraído por la curiosidad y mercaderes de ceño fruncido y bolsas siempre demasiado livianas. — Ah, pretendo conservar mi peso en este trabajo, si no te importa. Aunque de la otra forma tampoco iba a servirte. — Finalmente tuvo que detenerse unos momentos, permitiendo que el gentío se diluyera como sangre al calentarse. Se apoyó en el respaldo, ladeando la vista para cerciorarse de que Racso se sentara junto a él y no junto a sus pertenencias. De ser necesario incluso lo remarcaría con la mirada... ¡Amenazadoramente! — Verás, si yo ahora te cuento todo lo que tengo pensado... ¿Qué utilidad tengo yo? ¿Que peso ostento en esta transacción que es el trabajo que nos ocupa? — Alzó ambas cejas, como si con ello diera a entender un hecho evidente para cualquiera, por mucho que solo fuera para unos pocos. Para aquellos entonces el gentío se había despejado y Kirin volvió al camino, tan presta y diligente como siempre. El dúo dio entonces con un carro espléndido que a Eijiro consiguió arrancarle incluso una mueca de aprobación. Por fin alguien con estándares.

Su visión despertó interés inmediato en el Isarashi, que escrutó su mercancía en apenas un vistazo, dio con las gargantuescas proporciones del felino y con la silueta sin rostro que custodiaba las vasijas. Olisqueo el aire, saboreó y sin plena respuesta fue la voz del conductor lo que lo arrastró de su sopor.

— Sal, conservas y algunas pieles a muy buen precio de las que algún cazador oriundo no supo sacar el provecho que debiera. Muy buenas tardes a usted tambien, señor, por casualidad... ¿Es aceite lo que lleva en esas vasijas? — No estaba seguro por supuesto y en Eijiro mostraba una gesticulación y pronunciar muy distintos hasta entonces. Palabras cuidadas, acento casi musical y unos gestos llenos de pulcritud y radiancia. Era como despertar de un mal sueño, vivir en en oscuridad y de repente sentir como la luz del sol deslumbra la mirada.

Procuró entonces ostentar una velocidad adecuada para la conversación, aquello le interesaba, de hecho, cualquier cosa le interesaba en su justa medida. Sin embargo, con cierta prudencia adquirida, procuró no mencionar la presencia de aquella pareja que cargaba consigo. Era estrafalario, pero no mucho más que llevar a un ladrón contratado consigo.
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#11

Mensaje Eijiro Isarashi29 Nov 2019, 00:07


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


Me limitaría a encogerme de hombros, desinteresadamente, cuando el mercader expresase su tajante opinión en referencia a las viviendas que, al contrario que las de los humildes campesinos y gente de a pie, se alzaban resaltando por encima del resto en aquel panorama, por lo general, pobre y humilde. Era cierto, no eran mansiones equiparables a las que moraban aquellos peces gordos de las capitales de los grandes países, sin embargo, y siempre teniendo en cuenta el lamentable estado del lugar en el que nos encontrábamos, aquellas construcciones de madera representaban sin duda la riqueza en aquellas tierras. Tal vez una riqueza ínfima comparada con las de otros en otros lugares, más suficiente para que sus dueños se inflasen el pecho con aires de superioridad y opulencia desmedida por contra y desgracia de sus modestos vecinos. Siempre era igual; la riqueza de uno se medía por la pobreza de otro, tanto en una prospera tierra como la del Fuego como en una humilde como la de las Aves.

Soltaría entonces un sonoro suspiro, más de resignación que de ninguna otra cosa, cuando el dueño de aquel carro me indicase, o más bien ordenase, que me sentase en el frente del transporte, en un lugar claramente más sencillo desde el que vigilar mis movimientos. Mentiría si dijera que aquella reacción me había sorprendido pues era normal para alguien que se ganaba la vida comerciando el velar por la seguridad de sus bienes, más aún cuando había un ladrón abordo, pero aún así no podía evitar el sentirme ligeramente ofendido. ¿Tan estúpido creía que era?


- Puede que me dedique a robar. — diría, a la par que me reincorporaba y avanzaba unos pocos pasos hasta situarme a un lado de Eijiro. - Pero no soy tan descerebrado como para robarle a alguien con quién tengo que colaborar. Eso solo complicaría las cosas. — tomaría nuevamente asiento, esta vez en la parte delantera del carro, a la par que le dedicaba un rápido vistazo al animal cuya fuerza nos servía para desplazarnos por aquellas calles concurridas y a rebosar de todo tipo de personas.

Pero a fin de cuentas estaba allí por una única razón, estaba allí por un trabajo, y siempre que trabajaba agradecía el ser conocedor de cuántos detalles se me pudieran facilitar. Por suerte, el Isarashi parecía haber atendido a mis palabras en busca de información y todo apuntaba a que se disponía a compartirla. Una primera y fugaz suposición que no tardaría en desvanecerse y desaparecer con la misma rapidez con la que lo hacían los innumerables transeúntes que iban y venían a nuestro paso. Aquel tipo no iba a soltar prenda. Disgustado chasquearía la lengua en desaprobación a la par que desviaba la mirada al camino. Ni siquiera lograba verle el sentido al razonamiento mediante el cual defendía su molesto secretismo.

- Venga ya, ¿acaso te han contratado solo para hacer de transportista? — replicaría al fin. - Estoy seguro de que tu cometido no será menos útil por que sueltes algo de información. — semejante actitud no podía hacer más que irritarme. Al menos, por rescatar algo positivo, el mercader no había mostrado aquella molesta insistencia que la gente solía esgrimir por conocer los nombres ajenos después de cruzar escasas dos palabras. - Pero bueno, no insistiré más. Espero que de verdad sepas lo que haces. — volvería pues a desviar la mirada, en esta ocasión hacia el cielo del Verano, acomodando ambos brazos tras mi nuca a modo de reposo para la cabeza.

No habríamos tardado en dejar ya atrás aquel escandaloso lugar, recuperando algo de paz y silencio para con los alrededores, más como era de esperar el carro en el que íbamos no era el único que recorría aquellos parajes, cruzándonos así con otro transporte al poco de abandonar la localidad, cerca de una intersección. Raudo posaría mis ojos sobre los desconocidos, una vez el conductor del nuevo carro decidiera entablar conversación. Parecía otro comerciante, nada inusual, que al ver las mercancías del Isarashi podría haber decidido realizar negocios rápidos. No obstante, algo destacaba en aquello que transportaba, y no era lo que se hallaba cubierto de los ojos ajenos. Un enorme felino de pelaje negro descansaba en la parte trasera y, junto a él, un encapuchado. Semejante visión no era la que uno esperaba encontrar en el carro de un sencillo mercader, desde luego.

El Isarashi respondería a las palabras de aquel tipo valiéndose de un tono de voz que no se asemejaba en nada al que había empleado hasta el momento. Por supuesto, un rasgo común entre los de su clase; en cuanto olían los negocios se les dibujaba una sonrisa en el rostro que no desaparecía hasta ver el trato cerrado, o comprobar decepcionados que su interlocutor era un simple muerto de hambre. Les dejaría proseguir con su transacción, por lo que no me quedaba otra que aguardar paciente a que la marcha se reanudase. Mientras tanto mi mirada no se despegaría de los dos peculiares pasajeros, animal y bestia, que por lo inusual de su presencia captarían irremediablemente mi atención. El felino parecía estar despierto, mientras que con su presumible dueño la cosa no quedaba tan clara aunque, de apostar, habría dicho que también lo estaba. ¿Qué clase de comerciantes eran aquellos que viajaban al lado de semejante bestia? ¿Acaso esos dos eran una especie de guardaespaldas del conductor? Muchas preguntas que probablemente terminasen sin respuesta en cuanto las ruedas de ambos carromatos volviesen a rodar. Por el momento, no obstante, no tenía nada mejor que hacer que tratar de responderlas.

#12

Mensaje Racso29 Nov 2019, 06:08


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


Una vez los carros estuvieron parados la conversación comenzó. Por un lado la curiosidad del desconocido había despertado en Eijiro su propia vena mercantil, notando en ese olor proveniente de las vasijas un producto en especial, aceite. El hombre de mediana edad, con al menos poco pelo, tapado el que quedara por una tela que protegía de los rayos del sol, sus ropas no eran exactamente de máxima calidad, pero estaban cuidadas y eran elegantes. Sonrío a Eijiro y habló.

Sí, tengo distintas variedades, de oliva, de lavanda o de menta, por ejemplo.— Podría llevarse así un rato, parecía, por eso fue directo al grano.— ¿Pieles? ¿de qué tipo? quizás pudieran interesarme, para hacer un trueque claro.— Comentó.

No era mala oportunidad de negocio, Eijiro sabría que el aceite estaba en alza en esos momentos, por tanto, conseguir un trato al respecto de ellos podría servirle en el futuro, incluso aunque fuera para cocinar su propia comida. Mientras que ellos hablaban, el gatito se acercaría a quien podría suponerse que era su amo, apoyando la cabeza en sus piernas. Una mano — En la cual podría verse una especie de pintura en las uñas.— acarició levemente en la oreja, manteniendo en todo momento su posición normal.

No os preocupéis por ellos, no son peligrosos con los amigos.— Intentó tranquilizar el mercader, mirando hacia atrás por un instante.— Querían ver a los roran, ya les he dicho que era mala idea, pero me han pagado para llevarles a una ciudad cercana y aquí estamos.— Pausó un momento.— Conocéis a los roran, ¿verdad?— Preguntó, dándose cuenta de que habría hablado de un grupo de personas que quizás no conocían.

El misterio sobre la pareja de persona y felino seguía aumentando, ellos también iban en búsqueda de los roran, ¿qué harían la pareja a continuación? Quizás sería buena idea llevarlos con ellos o quizás, era demasiado peligroso para arriesgarse, de todas maneras ahora tenían tiempo de pensar y debatir.
Última edición por Eri el 09 Dic 2019, 13:51, editado 1 vez en total.
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#13

Mensaje Eri02 Dic 2019, 23:34


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


El carro se mantuvo en una suspensión de su camino, la vieja yegua gris, Kirin, aguardaba con cautela cualquier señal que pudiera ofrecerle Eijiro y este a su vez afilaba la vista ante las nuevas oportunidades brindadas. Por un momento pareció a punto de hablar, no sin antes desviar la mirada a un lado y descubrir a Racso junto a él. Claro, el ladronzuelo se había sentado donde le había indicado y de hecho, había insistido en cierta manera en conocer los detalles, alguno aunque fuera, concernientes a esa tarea. Levantó la mano con la palma abierta en dirección al comerciante, ofreciendo una sonrisa como excusa y pidiendo con ello unos instantes para conversar con su compañero. Asintió un par de veces, mostrando una vez más un comportamiento lleno de una afable mesura de la que no había hecho gala el tiempo que había tratado con Racso.

— Bueno, chico. — En forma de susurro, Eijiro trató de llamar su atención con un gesto ladino pendiente de sus labios. En aquel momento se asemejó más a un zorro de facciones afiladas y pretensiones marcadas que a ningún hombre ordinario. — No te conozco lo suficiente, podrías ser ambas cosas si te esfuerzas un poco ¿Nunca has conocido algún ladrón descerebrado? — Abrió los ojos, levantó las cejas y con un gesto bastardo entre la diversión y la disyuntiva pareció hacer ver que lo uno no tenía porqué ser la antítesis de lo otro. — Te contaré algo más en cuanto liquide este negocio. Y deja de poner esa mala cara, ya sé que no le tienes mucha estima a los de mi clase, el sentimiento es recíproco, descuida. — Eijiro volvió la vista una vez más al otro comerciante, volviendo a asentir en pos de ganar algunos segundos más sin hacerle perder la atención del todo. — Va, va. Luego te contaré lo que quieras, ahora déjame hacer magia. — Carraspeo, corrigió su postura y volvió al trato con un rostro completamente distinto.

Exhibió una amplia sonrisa que surcaba su rostro de una forma agradable y estudiada. No era excesiva, no resultaba falsa por mucho que uno pusiera atención a sus gestos o al temblor involuntario de la piel siendo forzada. Parecía genuinamente feliz de aquel encuentro, lo era en cierto sentido, pero también había sonreido muchas veces no todas ellas de forma sincera.

— Ah, fantástico. Quería deshacerme de ellas antes de seguir el camino y algo de aceite de lavanda y oliva no me parece un mal intercambio. Son pieles sin tratar de venado, algunas de liebre, tengo que decir. Aquel cazador no era un hombre especialmente hábil en los negocios, pero sin duda se trataba de un artesano... — Eijiro besó la punta de sus dedos con una dedicación acorde al sentimiento expresado. Bastaba con verlo para hacerse una idea de la exquisitez prometida en torno a las pieles. — ¡Chico, ve a por ellas! ¡Que las vea este buen hombre! — Con una mirada llena de gracia, Eijiro le propinó un par de golpes sobre la rodilla, para luego marcar con un escueto cabeceo la parte de atrás del carromato. — Están en la parte más proxima al asiento, debajo de unas telas de arpillera. — Dicho esto, volvió con el comerciante justo cuando mencionó la razón de tan extraña compañía. Un vistazo rápido le propició a Eijiro un torrente de nuevas sensaciones. El olor intenso del aceite y la orquesta caótica de la muchedumbre que iba de un lado a otro le hizo imposible discernir en condiciones aquella pareja. Torció el gesto, pensativo, no sin antes considerar profundamente lo que estaba a punto de decir. — Roran eh... — Con un timbre susurrante, Eijiro pareció sopesar el momento, respirar en toda su extensión la nueva oportunidad que se le presentaba. Aquel aspecto envuelto en un sudario intrigante le atraía sin remedio y, al mismo tiempo, le repelía al no ser consciente del todo de sus intenciones. — Estas pieles tienen un valor diverso, compañero. Un par de ellas valdrán más de mil ryos, las de liebre unos quinientos. Podríamos decir que el lote completo, y siendo que usted me ha brindado la oportunidad de deshacerme de ellas, se lo dejo por un par de vasijas de aceite de lavanada y media de oliva. Suficiente para costear los gastos de ambos. De hecho... permítame. — Eijiro soltó las riendas con la diestra para señalar a lo lejos un punto distante en dirección al noreste. — Se por buenos contactos que en esa dirección el invierno será muy crudo. Siendo conscientes de ello y del flujo comercial, puedo asegurarle que obtendrá buena suma por ellas. Busque a un tal Roshi, dígale que va de parte de Eijiro Isarashi. Se las comprará todas y quizá le invite a un buen trago. — Exultante, pareció satisfecho de brindarle aquella oportunidad al comerciante para luego inclinarse a un lado, escrutando una vez más la silueta indeterminada que viajaba con él. — En el caso de su pasajero tengo buenas noticias. Si acepta mis condiciones lo llevaré no solo ante los Roran, sino a su próximo mercado de esclavos. — Volvió a erguirse con cierta indiferencia. Había mostrado lo que ofrecía y era cuestión de ver si aquella persona se correspondía ante la idea preconcebida que Eijiro ostentaba de ella. Sospechaba, viendo aquel felino descomunal, que no era una persona corriente. Sus atavíos desgastados mostraban cierta miseria, eso sí, algo de lo que podía servirse de igual modo. Allí, rodeados de refugiados y desgracia, supuso que podría ser otro de ellos. Alguien que había invertido sus últimas monedas en llegar a la ciudad justo a tiempo de buscar a algún demente que se propusiera llevarla ante los nómadas.

Eijiro negó imperceptiblemente; demasiadas conjeturas.
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#14

Mensaje Eijiro Isarashi04 Dic 2019, 11:55


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


Haría caso omiso al intento de provocación, o simple y llano desprecio, que el Isarashi me dedicaría tanto a mi como a cualquier ladrón del mundo. ¿Ladrón descerebrado? Por supuesto que los habían, y muchos, casi tantos como agudos y espabilados. Muchos mercaderes igualmente consideraban el ser poseedores de dichas virtudes, más en realidad no estaba nada seguro de poder decir que estuvieran a nuestra altura. A fin de cuentas, ¿que requería mayor pericia? ¿El hacer desaparecer algo de valor prácticamente frente a las narices de su dueño y beneficiarte tú mismo de ello, o, por el contrario, venderle un trozo de pan a un hombre hambriento? De cualquier modo no merecía la pena enzarzarse en discusiones vanas, no al menos hasta que aquel tipo se atreviera a ofenderme a mi personalmente, por lo que me limitaría a responder únicamente mediante un bufido, cargado de desaprobación, para proceder así a ocupar mi mirada, distraída y desinteresada, en el movimiento perpetuo de las nubes que se dejaban ver en aquella tarde.

Por otro lado, ya habiendo cruzado nuestro camino con el de los inquilinos de aquel nuevo carro, Eijiro y el conductor del mismo no tardarían en involucrarse en negocios y negociaciones. Poco me importaba aquello y, a mi parecer, tan solo se trataba de una pérdida de tiempo que lo único que lograría sería aumentar aún más las distancias entre nosotros y aquellos a quienes perseguíamos. Sin embargo, ¿acaso serviría de algo sacar ese hecho a la luz? Lo dudaba. Uno simplemente tenía que fijarse en la amplia sonrisa que exhibía el hasta el momento malhumorado comerciante para percatarse de que nada le separaría de su transacción hasta que esta llegase a buen puerto. Resultaba desesperante ver la facilidad con la que parecía haber olvidado por completo la misión de la que dependía nuestra paga aunque, para ser justos, quizá yo habría actuado de manera similar de habérseme presentado una buena ocasión de negocio, fácil e irrechazable. Una dentro de mi ámbito profesional, por supuesto.

La conversación entre los dos ávidos y avariciosos contadores de monedas y billetes proseguiría, involucrándome inesperadamente a mí en un determinado momento. Quedaría petrificado, tanto por el asombro como por la incredulidad, cuando aquel condenado mercader me ordenase, con total naturalidad, el que me rebajase al papel de mozo de almacén para así llevarle las pieles que pretendía intercambiar con su interlocutor. De inmediato, el gesto de mi semblante, torcido, denotaría mi nula predisposición a obedecer semejante orden más, al poco, este comenzaría a cambiar hasta mutar en una mueca sonriente. Asentiría un par de veces para, raudo, dirigirme a la parte trasera del carromato que ocupaba. No pretendía robar ningún objeto de los que allí descansaban, nada más lejos, sencillamente habría recaído en una forma de dejar clara constancia de mi opinión en relación a la situación.

Mi búsqueda de las "pieles" solicitadas, únicamente se vería momentáneamente interrumpida cuando el nombre de los Roran apareciera mencionado en la conversación mantenida por los dos mercaderes. Los extraños y pintorescos pasajeros de aquel segundo carro parecían perseguir también un objetivo similar al nuestro. Curioso, cuanto menos. Hacía escasos días ni siquiera era yo aún conocedor de la existencia de aquellos bárbaros y ahora aparentemente todo el mundo les seguía el rastro. Quizá era lo esperado después de un ataque tan violento como el que aquella tribu de salvajes había llevado a cabo recientemente. En cualquier caso aquello lograría despertar mi interés, y es que cabía entonces la posibilidad de que aquel siniestro encapuchado poseyera información relevante sobre los nómadas a la cual poder sacarle buen provecho. Por desgracia, su extravagante gato de compañía sería incapaz de aportar más detalles a lo que fuera que su dueño podía contar, aunque menos era nada. Un pensamiento no muy distante al mío debió de cruzar igualmente la cabeza del Isarashi, pues este se ofrecería incluso a llevar con nosotros al silencioso dúo de hombre y bestia. Mentiría si dijera que tal propuesta se habría ganado mi aprobación nada más surgir, pues si había algo que aquellos dos no inspiraban eso era lo conocido como "confianza", más tampoco disponíamos de muchas más opciones si queríamos beneficiarnos de sus conocimientos. Quizá habría que cerciorarse en primer lugar de que, en efecto, sabían algo de verdad relevante.

Aún con dichos detalles en el aire, yo volvería a la parte delantera del carro, cargando esta vez con algo bajo ambos brazos. Lo desplegaría frente a la vista de los presentes y, lo que en un principio pudiera haber parecido que se trataba de pieles, se revelaría como, sencillamente, las precarias telas cuyo propósito era poco más que el de resguardar las mercancías de la agresiva acción de los rayos del sol. Aún con una sonrisa de oreja a oreja, y encarando al viejo mercader quién supuestamente debía llevarse aquellas "pieles", me llevaría los dedos de mi diestra hasta la boca, besando la punta de estos e imitando así el gesto que Eijiro había realizado al hablar de la calidad de su mercancía. Mi gesto, por el contrario, no llevaba más que ironía en él. Esperaba que la indirecta no se hiciese muy complicada de comprender; yo no estaba allí para hacer de ayudante de nadie. Volvería a tomar asiento, ya habiendo recuperado mi rostro un semblante más serio y desinteresado para con aquellos pormenores cuyo desenlace no podía importarme menos. Una única cosa era la que monopolizaba mi atención, y era el saber si acabaríamos por tener una compañía inesperada en el viaje. Por el momento callaría, expectante, observando con recelo el proseguir de la situación.

#15

Mensaje Racso04 Dic 2019, 22:31


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


El mercader asentía de cuando en cuando a las palabras de Eijiro, desde el punto de que quería deshacerse de las pieles hasta la proposición a su misterioso compañero de acompañarlos a ellos en lugar de a si mismo, a decir verdad, una buena idea en su opinión. Mientras calculaba mas o menos el cargamento que llevaba y lo que podía ofrecer al Isarashi este le realizó una propuesta, un juego de pieles de alta calidad por dos vasijas de aceite de lavanda y otra media de oliva. Roshi sería el mercader a quien se lo vendería de vuelta, apuntó los detalles necesarios en su cabeza y solo volvió a hablar cuando el otro chaval trajo las pieles con él. No le hizo falta bajarse para contemplar lo que le proponía, su mueca lo decía todo.

Me parece que tu ayudante se ha equivocado, no parece la piel de la que me estaba hablando, esas parecen de las que se usan para proteger la mercancía de las altas o bajas temperaturas.— Comentó, puesto que las pieles parecían burdas imitaciones en comparación con lo prometido.— Con respecto a esta persona que me acompaña, lo mejor será que lo hable directamente con ella.— Asintió.

El mercader seguía esperando por las pieles de verdad antes de seguir con el negocio, pero la pareja de persona y animal bajaron del carro, avanzaron a paso lento lado a lado, la pantera a la izquierda y la figura desconocida a la derecha. Se podía observar una figura que no dejaba muy claro el sexo, seguramente por lo holgado que era, así como llevaba una capucha y la parte inferior de su rostro oculta. Miraría hacia Eijiro desde una posición inferior, lo justo para que este notara sus ojos verde esmeralda, pero poco mas, no obstante, quizás su voz daría mas pistas.

¿Cuáles son las condiciones?— Fue seca, pero lo justo para que el trío pudiera notar que su timbre de voz era claramente femenino, parecía interesada claro, e incluso emocionada.

La pantera por su parte siguió caminando, parecía un gato, se acercó al carro y frotó la cabeza contra el mismo, obviamente marcando aquel territorio como suyo, de hecho, según él, aquello era propiedad suya y no de Eijiro, pero claro, que iba a hacer un animal para pelear la propiedad, quizás un par de arañazos y bocados, pero nada que no pudieran combatir. Si Racso pasaba en algún momento cerca de la pantera esta haría lo mismo que con el carro, marcándolo como su propiedad con la cabeza, sin hacer daño y siendo un contacto físico muy nimio. La chica realizó un chasquido con la lengua y el animal volvió a su lado rápidamente, sin molestar.
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#16

Mensaje Gray12 Dic 2019, 00:08


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Re: Larvas de Otoño [Misión B con Racso]


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#17

Mensaje Shosuke Vankleur28 Jun 2020, 00:18


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