Herrumbre y Estaño

Encargo C — Racso, Azar y Keshvar

País oscuro y misterioso, ubicado entre las tres grandes naciones del Fuego, Tierra y Viento. Posee un clima peculiar, dotado de numerosas tormentas y un cielo casi constantemente nublado. Se le conoce más que nada por sus capacidades comerciales, gracias a sus numerosas fronteras y salida al mar a través de los ríos. A causa de su pesado clima, la mayor parte de su fauna reside en cavernas o densos bosques, donde tienen protección de la incesante lluvia que da nombre al territorio. Más allá de eso, sus pocas urbes han logrado salir adelante y alcanzar un nivel avanzado de tecnología en comparación al resto del continente, considerándose vanguardistas e inventores de numerosas herramientas utilizadas hoy en días por los shinobi de todo el mundo. Su capital, llamada Goshikku, posee quizás el mercado más amplio y variado jamas visto.
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Herrumbre y Estaño


Aquella nación apestaba a humedad, al hedor de la tristeza y el azul lamentable de la desesperanza como ningún otro sitio que Keshvar había visitado. Aún en los pozos de arena cambiante de la nación de los vientos o en las estepas yermas donde una vez había segado vidas a cambio de posesiones que nunca permanecían mucho tiempo en en el bolsillo, aún entonces Keshvar no recordaba semejante desproporción de debilidad y repulsiva inacción. La gente allí camina con la vista gacha, con la lluvia marcando el paso y con la voz ahogada tras su torrente. Le costaba hacerse entender frente a ellos, fuera por un acento del que no había sabido hasta aquel día o por lo que estaba seguro debía tratarse de una preclara falta de inteligencia por parte de los hombres y mujeres con los que había tratado. Podía decir sin temor alguno que al contemplar sus pieles pálidas de cerdo sin curtir no veía más que animales, meras bestias erguidas sobre patas traseras que balbucean incomprensiblemente y que poco tienen que ofrecer más que el oro de sus bolsillos y la sangre caliente que manan sus heridas. Porque también sangraban, aquello lo había comprobado por sí mismo.

Keshvar aguardaba impaciente a la entrada de una oficina postal, de madera barnizada y tratada para soportar las lluvias incesantes y que en él sembraban toda clase de sensaciones desagradables. Estaba de pie, junto al umbral de la entrada y cubierto bajo techo, en un edificio de una única planta dispuesto para la entrega y recepción de los mensajes de aquella ciudad lamentable cuyo nombre no importó lo más absoluto. Azar tenía que enviar un mensaje, creyó escuchar entre embestidas, antes de acceder finalmente a portar una capa raída de un triste color gris sobre el cuerpo que cubriera de una forma u otra su aspecto singular. No podía traerle sin cuidado lo que aquella puta altiva temiera o cualesquiera que fueran esos asesinos que rondaban las calles a su zaga y nunca habían encontrado. Poco importaba en realidad. La esperanza de que aquella princesa de la calle fuera en verdad algo más que una ramera ingenua hacía mucho tiempo ya que había muerto sin emitir la menor queja. Todo un año de pesquisas, de viaje incesante y sin sentido que no conducían a ninguna parte. A Keshvar sin embargo no podía importarle menos. Seguía cobrando, que era todo cuanto importaba, y cuando no lo hacía en oro o especia se cobraba su precio con el cuerpo de la desheredada.

Gruñó por lo bajo, pasando la mano sin pudor alguno sobre su abdomen hasta bajar a su miembro, tratando de calmar una molestia momentánea. Aquella oficina apestaba igual que el resto de aquel país pero, por el contrario que en otros lugares, al menos el hedor quedaba enmascarado por la tinta y la mierda de caballos que paleaban alegremente muchachos de aspecto deficiente. Le costaba no poco esfuerzo mantenerse alejado de ellos. Pensaba no sin poco deleite, como podía martirizarlos viendo en ellos la chispa anormal que surgía en quien nada entiende y no podrá hacerlo jamás.
A lo largo de la oficina, que no era más que un lugar apartado hacia las afueras de la población, discurrían otras tantas personas escribiendo, enviando y recibiendo cartas de los dependientes dispuestos tras un largo mostrado de madera envejecida. El suelo estaba entablado por la misma madera y Keshvar habría jurado que hasta los putos inodoros los hacían con el mismo tipo de cedro viejo e hinchado que no dejaba de ver a cada paso. Buscó a Azar con la mirada hacía una mesa empotrada sobre la pared que la oficina disponía a bien de que pudieran escribir antes de enviar sus mensajes. Dejó escapar un gruñido bajo y grave antes de apartarse de la pared cruzar la habitación ignorando a todos cuantos se cruzaba hasta alcanzarla. Durante el trayecto no dejó de revolverse; aquella túnica harapienta le suponía una molestia estúpida a la que había accedido con demasiada facilidad. Al menos no llevaba puesta la capucha. Se sentía estúpido, torpe, tal y como uno de aquellos mozos de cuadras.

— Deja de hacerme perder el tiempo. — Dijo, en su voz rota de garganta forzada y palabras esculpidas con esfuerzo.
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#1

Mensaje Keshvar01 Jul 2020, 01:11


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